Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.

Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves.







El Dardo de los Jueves
Ceuta, 12 de marzo de 2009
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El mercader de miserias
Juan Luis Aróstegui
 

La política es la actividad pública por excelencia. No hay nada más noble que contribuir, desde las convicciones y la conducta personal, a modelar los valores colectivos sobre los que debe descansar la sociedad, en la perspectiva de construir un mundo mejor para todos. Sin embargo, y a pesar de la grandeza que debe inspirar el ejercicio de la política, cada vez está más distante de la ciudadanía, y en especial de la gente joven. El espíritu solidario y el afán de perfeccionamiento de la vida se canalizan a través de otro tipo de vías, entre las que destacan las ONG. No es una casualidad. La política está sometida a un fuerte desprestigio como consecuencia de un progresivo deterioro de sus fundamentos básicos. Además de un creciente (asfixiante) protagonismo de la mercadotecnia, y una abrumadora supremacía de la lucha por el poder sobre el debate ideológico; uno de los factores que más poderosamente está influyendo en este proceso es la aparición, consolidación y exaltación de la figura del profesional de la política. Son individuos que han roto cualquier tipo de vinculación entre los principios y sus actuaciones, y cuya única pretensión en la política es el enriquecimiento personal o la conquista de una posición de relevancia social concebida como alimento de una desmedida vanidad. Se ubican indistintamente en uno u otro partido por hechos o circunstancias casuales, para terminar por dedicarse exclusivamente a defender su propio interés, guarde o no relación con la ideología de la que se sirven. Esta subespecie, muy extendida en nuestro país, y por supuesto en nuestra Ciudad, actúa con una tremenda fuerza pedagógica destructiva. Una infalible referencia de repulsión.

Uno de estos profesionales es quien ejerce el cargo de Delegado del Gobierno en Ceuta. En nombre del PSOE. Es decir, encarnando los valores del socialismo. Una ideología legendaria, forjada con extenuante sufrimiento de millones de anónimos luchadores y luchadoras por la libertad, motor de los cambios sociales más profundos de la historia reciente, adalid de la justicia social, impulsora universal del inviolable principio de igualdad entre todos los seres humanos, y, por encima de cualquier otra circunstancia,  baluarte inexpugnable en la defensa del respeto a la dignidad de la persona, como piedra angular de toda vida en común. En buena lógica, se debe esperar de un representante de esta forma de pensar un comportamiento acorde con estos postulados. Ni rastro. Desde su llegada a Ceuta no se le conoce ni una sola palabra ni una sola acción que se corresponda con este pensamiento. Su conducta pública es perfectamente intercambiable con la sustentada por cualquier otra ideología. Nadie se asombraría si se dijera que el Delegado del Gobierno está afiliado a un partido de derechas.

Pero la decepción se torna indignación cuando su ineptitud traspasa el umbral de la ofensa pública. Sólo así se puede calificar el obsceno espectáculo de obligar a los beneficiarios del Plan de Empleo a firmar los contratos en su presencia y con la correspondiente foto. Un socialista revirtiendo la historia. Cómo si de modernas cartillas de racionamiento se tratara, las personas más necesitadas se ven impelidas a guardar infames colas ante las autoridades benefactoras para dejar constancia de que "su contrato" se debe a la magnanimidad del político bondadoso. No le ha importado lo más mínimo atentar contra la dignidad de estos ciudadanos, en la búsqueda de su mezquino rédito político. Como un mercader la miseria ajena pretende convertir en votos la necesidad de los más débiles. Los beneficiarios del Plan de Empleo no deben ningún favor a nadie. Su precario contrato laboral es un derecho reconocido en la Constitución y financiado solidariamente por todos los ciudadanos españoles. Transmutar un derecho en una dádiva para captar voluntades a costa de menoscabar  la dignidad de las personas, es una inmoralidad absolutamente deplorable. Pero si se hace luciendo además la vitola de socialista entonces resulta, sencillamente, repugnante.

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