Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.

Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves.







El Dardo de los Jueves
Ceuta, 19 de febrero de 2009
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Un aullido interminable
Juan Luis Aróstegui
 

Los presuntos malos tratos infligidos a menores internos en el centro Punta Blanca, han acaparado el debate político y han centrado el interés de la opinión durante las últimas semanas. El Gobierno de la Ciudad, consciente de su enorme ventaja en los medios de comunicación, decidió desplazar a este ámbito el contencioso. Allí donde la desproporción es dictadura. Allí donde sus opiniones son portadas y las demás apenas "tirillas" escondidas y trucadas. Allí donde ellos gritan y los demás sólo tienen derecho a susurrar. Allí donde ellos apabullan y los demás son preteridos y fustigados. Pero ni siquiera el denso muro de manipulación impuesto por el poder ha sido capaz de contener una verdad violenta que fluye endiabladamente inundando conciencias. El desmoronamiento paulatino de su discurso les ha inducido a decretar silencio. Ha llegado la calma. Quizá ahora, aplacado el fragor de la contienda, sea el momento oportuno de hacer alguna reflexión y deducir alguna conclusión sobre todo lo acontecido.

Uno. Los principios se caracterizan porque son inmutables, universales e intemporales. Si se matizan, se condicionan o se restringen, se convierten en intereses. Más o menos legítimos, más o menos generales; pero intereses al fin y al cabo. En un sistema democrático, tanto el principio del máximo respeto a la dignidad del ser humano, como el de la protección efectiva a los menores, son indiscutibles y fundamentales. No caben excepciones. Los menores recluidos son, sin ningún género de dudas, el sector más desvalido de nuestra sociedad. Aunque hayan cometido delitos. Porque este hecho es únicamente una dramática consecuencia. Son niños y niñas cuya vida ha sido sólo un aullido interminable. Su personalidad ha sido moldeada por el sufrimiento constante, la hostilidad permanente y el desafecto como un pertinaz compañero inseparable. No es fácil exigirles un comportamiento acorde con otros valores. Por ello, aunque golpean la convivencia (a veces muy duramente) y en muchas ocasiones cunde la desesperación y el desánimo ante su actitud desafiante (infinitamente mayor en quienes  tienen la dificilísima tarea de intervenir directamente sobre su conducta), debemos reconocer en ellos la condición de víctimas inconscientes de una sociedad intrínsecamente injusta, y profesarles respeto y compasión. El hecho de que la realidad presente eventualmente perfiles muy ásperos y desabridos no debe mermar un ápice la solidez de nuestras convicciones. No podemos, en modo alguno, justificar (acaso sí perdonar) los actos que se aparten de la orientación educativa que debe inspirar el trato a los menores, ni siquiera en aquellos casos en los que se produzcan desviaciones involuntarias provocadas por el denominado desahogo del educador superado por la situación. Ni una agresión. Ni una vejación. Ni una humillación. Resulta profundamente injusto valorar con severidad y displicencia a estas personas utilizando los parámetros de rectitud acuñados desde nuestra privilegiada atalaya de felicidad, sin reparar en que para ellos la vida no es más que una tragedia. Bien al contrario, debe prevalecer una voluntad compartida de proporcionarles el afecto, el cariño y la comprensión de la que siempre han carecido. Un esfuerzo del que nadie debe quedar exento.

Dos. Algunas frases. "Me pegaron con la porra y me ataron a la cama". "Eran esposados a los pies de la cama o al cabecero con los brazos en cruz o arrodillados, incluso durante toda la noche". "Se les inmovilizaba totalmente en su cama con unas correas de sujeción que impedían cualquier movimiento". "He visto como los menores del centro son esposados con grilletes a los pies de la cama, manteniéndolos en esta posición durante horas". "Cuando la estaban usando con otro (la correa), le quitaban el colchón a la cama, te tumbaban sobre el hierro frío, que te dejaba marcas en la espalda de los agujeros de la cama, donde se metían los imanes de la correa, y te engrilletaban al cabecero de hierro"

Son extractos de declaraciones firmadas por víctimas y testigos presenciales. Testimonios sobrecogedores capaces de conmover el corazón más encallecido y arrancar lágrimas del más gélido sentimiento. Es imposible permanecer indiferente ante estos relatos sin perder la decencia. Es muy probable que CCOO, embargado por la indignación, haya utilizado términos excesivamente estridentes para comunicar su iniciativa a la opinión pública. Pero este error, ni resta valor a la denuncia, ni cambia el sentido de lo que realmente importa, que es hacer transparente la verdad. Es un derecho irrenunciable de la ciudadanía.

Tres. El Gobierno del PP se ha visto envuelto hasta en dos ocasiones en casos espeluznantes de malos tratos institucionales a menores. En el último de ellos, incluso con el mismo Presidente. La mera existencia de estos precedentes hubiera aconsejado abordar el asunto desde la prudencia y la humildad, aceptando que estas cosas pueden suceder, y procurando comprobar la veracidad de las denuncias. Pero hace mucho tiempo que la soberbia y la prepotencia se han convertido en las señas de identidad de un Gobierno dividido y desquiciado, que ya sólo tiene como objetivo protegerse así mismo. Sería muy recomendable, por el bien de esta Ciudad, que el Presidente reflexionara y volviera a reencontrarse consigo mismo.

Cuatro. Una pieza básica del engranaje de la justicia en nuestra Ciudad, el fiscal, ha revelado su absoluta incompetencia, dejando el sistema de protección de los derechos civiles fatalmente mutilado. Es difícil determinar si por pura desidia, por alineamiento con el poder o por simple comodidad; pero el nulo compromiso con la verdad exhibido por el fiscal lo inhabilita para ejerce correctamente su función. Una anécdota. Un experto en el funcionamiento de la justicia local me espetaba con absoluta rotundidad: "En cuanto te has dado la vuelta, el fiscal ha tirado la denuncia a la papelera". No podía dar crédito a tal afirmación. Pensé que era una exageración. No era posible que una institución encargada de velar por la legalidad pudiera sustraerse a investigar hechos de esta naturaleza. Pero llevaba toda la razón. Así fue. Habrá que confiar en el sentido de la responsabilidad de otras instancias judiciales.

Cinco. Es justo hacer un reconocimiento público al comportamiento ejemplar de los hombres y mujeres que integran las Comisiones Obreras de Ceuta (junto a otros muchos que han mostrado su incondicional solidaridad). Han sabido resistir con encomiable entereza los duros embates de los desalmados que han reducido su existencia a una miserable práctica contable. Han demostrado un indestructible compromiso con la dignidad. En especial con la de los más débiles. Sin miedo a represalias ni consecuencias. Resulta muy gratificante compartir la vida con gente para las que el llanto de un niño tiene más fuerza que todas las prebendas y favores que arrastra el poder. Las personas que no están dispuestas a arriesgar nada por sus ideas, no valen nada como personas, o son sus ideas las que no valen nada.

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