Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.
Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves. |
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El Dardo de los Jueves
Ceuta, 18 de septiembre de 2008
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Las listas
Juan Luis Aróstegui
Los cambios sociales, en especial los de mayor profundidad porque afectan a postulados estructurales, son lentos y relativamente invisibles. Se manifiestan inicialmente por destellos, en muchos casos levemente perceptibles, hasta que emergen convulsamente cuando maduran y se hacen incompatibles con el orden establecido. Las sociedades inteligentes se caracterizan por su capacidad para comprenderlos con una antelación suficiente que les permita digerirlos adecuadamente. No es nuestro caso. Ceuta es una Ciudad sometida, por su propia naturaleza, a un irreversible proceso de transformación social de enorme calado que, sin embargo, no está siendo tratado con el interés, el rigor y la seriedad que demanda su trascendencia. Los datos son inapelables. La población ceutí, en función de su adscripción étnico-cultural, se divide en dos grandes bloques: cristianos y musulmanes. En una proporción de sesenta a cuarenta por ciento, o cincuenta a cincuenta, según el censo que se utilice (contabilizando, o no, las residencias fantasmas). Este hecho implica, obligatoriamente, una revisión de los fundamentos sobre los que descansa nuestro modelo de Ciudad que, en ningún caso, pueden permanecer inalterados respecto a lo que fue Ceuta hace décadas. Aunque esto se intuye con bastante certeza, el vértigo que provoca reflexionar públicamente sobre ello nos priva de conocer su verdadera dimensión. A este respecto, la costumbre es, quizá, nuestro peor enemigo. Hemos interiorizado hechos y situaciones inaceptables que el conformismo ha terminado por elevar a la categoría de normales. Por ejemplo, nos hemos acostumbrado a que existan partidos políticos basados en la pertenencia a la cultura musulmana. Una aberración, sin parangón en todo el país, que los ceutíes asumen ya con absoluta normalidad como un elemento más de la vida pública. Todos contemplamos (y aceptamos) su paulatino crecimiento con un sentimiento a medio camino entre la impotencia, el lamento y la resignación La denominada "política de integración" forma parte del programa de todos los partidos políticos y de todos los discursos oficiales, aunque se dulcifica utilizando el eufemismo de las "cuatro culturas" para no soliviantar a los sectores más resistentes al cambio (mayoritarios), cuando entre el colectivo hindú y hebreo a penas alcanzan el uno por ciento de la población. Mas a fuerza de ser sinceros, hemos de reconocer que no es más que una pose institucional sin traducción en políticas concretas. No existe estrategia definida, ni objetivos marcados, ni mecanismos de evaluación. Son palabras vanas que alivian conciencias y nos sitúan teóricamente en un plano políticamente correcto, pero que no inciden en modo alguno en el transcurso de los acontecimientos. Con el riesgo que ello comporta. Es más, ni siquiera el propio concepto está suficientemente definido. Las nuevas tendencias del siglo veintiuno han superado el concepto de integración entendiéndolo, no tanto como una acomodación a las costumbres del receptor, sino como una redefinición de los valores esenciales propiciada por la fusión de los precedentes en plano de igualdad. Meditar sobre esta cuestión debería ser una prioridad. Sin embargo, no ocupa lugar alguno en la agenda política. Hace algunos años expuse que sería interesante crear un Observatorio de la Integración, integrado por expertos y al margen de la contienda partidaria, que analizara, de manera objetiva y mesurable, la evolución de la ciudad en relación con esta cuestión. Cayó en saco roto. La versión oficial es que en Ceuta la convivencia es perfecta y somos ejemplo universal. Basta con reservar la cuota correspondiente en los actos institucionales, y guardar las formas de elemental cortesía coincidiendo con momentos especialmente significativos. Pero los problemas no desparecen por el mero hecho de ignorarlos. Se enquistan. Se agravan. O estallan. Tal es el caso. Aún no sabemos qué hacer con las fiestas musulmanas. El miedo a su aceptación, interpretada en clave de claudicación definitiva (una de esas líneas rojas que están de moda), impide un tratamiento racional del asunto. La estratagema se basa en encontrar pretextos aparentemente solventes para "aguantar" todo lo que podamos sin incluirlas en el calendario laboral. Mientras, la realidad que negamos obtusamente se va imponiendo tozudamente. El Gobierno de la Ciudad no debería seguir tapándose los ojos. A él le corresponde la responsabilidad de liderar una auténtica política de integración, implicando en ello a la sociedad en su conjunto y por ende a sus entidades y asociaciones representativas. Es un reto que nos concierne a todos. Y en el que no caben excepciones, reservas o excedencias. La carta publicada por una ciudadana en El Faro hace muy pocas fechas, con motivo del incidente acaecido en el Príncipe en el que estuvo involucrada la Policía Nacional, debería servir de acicate para empezar sin demora. Es una de esas señales que no se deben despreciar. La observación de pequeños detalles cotidianos que suelen pasar inadvertidos puede ayudar a romper el corsé psicológico que nos aparta de la dirección correcta. En los últimos días se han publicado, por distintos órganos y motivo, dos listas. La de aspirantes a profesores interinos y la de peones de los planes de empleo. En la primera (para la que se exige titulación universitaria) tan sólo el dos por ciento son musulmanes. En la segunda (personal sin cualificar con mayor antigüedad en el paro), mas del noventa por ciento son musulmanes. Es la descripción de una sociedad amorfa y desordenada, en la que la igualdad de oportunidades sobre la que se asienta nuestra democracia no es más que un enunciado teórico. Si no intervenimos a tiempo y con decisión para corregir esta gravísima anomalía, y seguimos dejando que las cosas fluyan por su propia inercia, estaremos certificando un porvenir inquietantemente impredecible.
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