Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.
Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves. |
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El Dardo de los Jueves
Ceuta, 28 de agosto de 2008
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Untados en aceite
Juan Luis Aróstegui
El espíritu de Rinconete y Cortadillo, irradiado desde los aledaños del despacho presidencial, se va expandiendo paulatinamente hasta ocupar todo el Ayuntamiento. Picaresca en estado puro. Un experto en este género literario definía la figura del pícaro de esta manera: "hombre que, sin ser verdaderamente criminal, pertenece al hampa; tiene pocos o ningún escrúpulo, particularmente en proporcionarse medios de mantenimiento; es humano, buen creyente aunque pecador; no está habituado en modo alguno al trabajo regular y constante, sino que es perezoso y holgazán, su ocupación normal es la de servir a otro, hurta pero no roba, es astuto, ingenioso e imprevisor y simpático". La versión moderna de este peculiar personaje es el asesor político. Nadie lo vota, no se somete nunca al escrutinio de la opinión pública; pero manda mucho (en ocasiones más que los propios responsables políticos) y utiliza el poder a su antojo, o mejor dicho, en su provecho. Siempre bien cobijado bajo el manto de su protector. El cómico episodio del aceite, conocido recientemente, ilustra perfectamente esta situación. Ya de por sí, resulta asaz grotesco que el Presidente de la Ciudad se dedique a ejercer (aunque sea en calidad de cómplice) de agente comercial de una modesta compañía aceitera, radicada en un pueblecito de Jaén, vinculada al entorno familiar de su Jefe de Gabinete. Pero lo peor es que no lo hacen compitiendo lealmente con otros vendedores a los que ocasionan un serio perjuicio (para lo que tendrían que haber pedido la preceptiva compatibilidad), sino que utilizan la omnipotente influencia que les proporcionan sus cargos como insalvable ventaja para la captación de clientela. El caso del hotel municipal es un claro ejemplo. La rocambolesca trapacería tiene, además, una segunda lectura si acaso más divertida, que se enmarca en la en la despiadada y soterrada guerra entre clanes que se libra en el Ayuntamiento. Ninguno pierde oportunidad de asestar un golpe al rival. Ya se disputan hasta el aceite de oliva. Porque el proveedor que servía antes esta mercancía, y al que han arrebatado la correspondiente cuota de mercado, también forma parte del Gobierno y está encuadrado en el otro bando. Todo esto no pasaría de ser una divertida e insignificante anécdota protagonizada por un trápala de los que, inevitablemente, revolotean alrededor del poder, si no fuera porque es un síntoma más, muy evidente, de un fenómeno de preocupante extensión y profundidad que amenaza con contaminar irreversiblemente la vida política de nuestra Ciudad. Los afiliados al PP en general, y los que "tocan poder" en particular, están absolutamente convencidos de que todo cuanto hagan por indecente, inmoral o ilegal que sea, será tolerado, asumido y disculpado por el cuerpo electoral en nombre de Juan Vivas. Piensan que el grado de devoción que la mayoría de la población profesa hacia la persona de Juan Vivas es tal, que su imagen es capaz de blanquear cualquier conducta por corrupta que sea. Así se han cortocircuitado todos los fusibles que el sistema democrático tiene previstos para sancionar socialmente a quienes se apartan de los principios morales que deben regir la vida pública; y cada cual campa a sus anchas, sin molestarse siquiera en disimular, siendo plenamente conscientes de que sus tropelías podrán ser descubiertas, pero no tendrán incidencia alguna porque, al final, la gente votará a Juan Vivas (o sea, a ellos). Lo más triste es que llevan razón. Esta especie de fe irracional depositada en Juan Vivas (aunque de hecho sea en el PP), está conduciendo a un proceso degenerativo de los valores colectivos que nos convierte, inexorablemente, en una sociedad insensible y desprovista de los fundamentos éticos básicos.
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