Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.
Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves. |
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El Dardo de los Jueves
Ceuta, 20 de diciembre de 2007
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Un mercado muy moderno
Juan Luis Aróstegui
Nuestro Presidente, nuevamente disfrazado de cándido e ingenuo adalid del "interés general", se ha sustraído por un instante al áurea de alcanfor que lo acompaña habitualmente y, víctima de un repentino rapto de modernidad, se ha lanzado a convencer a todos los ciudadanos, al parecer incultos provincianos, de que la ubicación del mercado de abastos en el edificio de la Manzana del Revellín, es un prodigio de vanguardia ignota por estos pagos, que tan sólo saben apreciar en toda su dimensión, él mismo, sus consejeros y demás asalariados políticos, y, por supuesto, los administradores de la empresa privada Manzana del Revellín S.L. No deja de infundir pena y tristeza ver a una persona valiosa como fue Juan Vivas arrastrándose por el fango para complacer y enriquecer a una caterva de desalmados sin escrúpulos, que se dedican a esquilmar por control remoto el patrimonio común de todos los ceutíes. Porque Juan Vivas, más allá de su bondad (cada vez más ficticia), es un individuo inteligente y concienzudo que domina todos los resortes de información operativos en la Ciudad. Todo lo que sucede lo sabe. Todo lo que hace cada cargo público cuenta con su anuencia. El recurso de fingir desconocimiento sobre los asuntos comprometidos para conservar su imagen pública, y desplazar la responsabilidad a cargos de segunda o tercera fila, no es más que una estratagema para embaucar panolis. El escándalo del mercado central es una operación protagonizada directamente por él, que ha seguido idéntico guión que el de ACEMSA. Inician contactos secretos para negociar las condiciones del pelotazo, cuando se descubre y salta a los medios de comunicación, lo desmienten rotundamente, para terminar, ante las evidencias, aceptando la veracidad de las informaciones; y a renglón seguido, en un proverbial alarde de cinismo, aducen con pasmosa naturalidad que están defendiendo el interés general. Eso sí, todo con un gesto de solemnidad que parece, incluso, que fuera verdad lo que dicen. Pululando por la ciénaga siempre aparece el consejero reclutado de las huestes del gilismo, se supone que por su especial cualificación en materia de chanchullos, corruptelas y latrocinios. El Gobierno de la Ciudad está firmemente decidido a que la empresa que aupó a Juan Vivas a la presidencia apoyando con su "aliento" el voto de censura, no pierda ni un solo euro de los beneficios que tenía previstos obtener con la "parcelita céntrica" que le habían regalado sus colegas a muy bajo precio. No van a escatimar esfuerzo para ello. Ni siquiera la humillación colectiva servirá de freno. Este es el auténtico motivo del traslado del mercado a la Manzana del Revellín. Una vez que la sentencia es firme, y el Gobierno sabe que no tiene margen urbanístico para recomponer la situación, han acordado una nueva fórmula: Se reducen a tres mil los metros cuadrados de locales comerciales (que disimula mucho más) y el resto del lucro expectante lo paga directamente el ayuntamiento a razón de veinticinco millones de pesetas mensuales durante veinticinco años. Así se completan los aproximadamente diez mil millones de pesetas que debía valer el maldito voto que faltaba para cuadrar las cuentas. ¿Qué excusa creíble se puede alegar para pagar todos los meses veinticinco millones de pesetas a esta empresa privada? Un alquiler. Por ejemplo, el del mercado que, a pesar de no estar contemplado en el Plan General de Ordenación Urbana, su carácter dotacional lo puede convertir en legalmente compatible, aunque sea éticamente repugnante, culturalmente nauseabundo y sensitivamente insultante. El desenlace de la historia es antológico. Compraron la parcela, con autorización para destinar el 49% a locales comerciales, pactando un precio en especies (obras públicas), que le conmutaron posteriormente cuando negociaron reducir el uso comercial al 30%. Ya tenían la parcela gratis. Ahora limitan el uso comercial al 10%, pero les garantizan los beneficios en pagos líquidos mensuales mediante el truculento alquiler, ahorrándoles tener que invertir en la construcción y eludiendo los riesgos empresariales. Que el Ayuntamiento se alquile a sí mismo su propia edificación pagándole trescientos millones al año a un tercero es, según nuestro Presidente, muy moderno. Una vez hallada la solución mágica, y perfilados los pormenores del contrato, solo resta activar la coartada estética (vestir el muñeco que dicen los castizos) para que los ignorantes ceutíes, encima, aplaudan como fanáticos, felices de poder disfrutar de un mercado moderno en tan emblemático lugar, tal y como sucede en Barcelona, Cádiz o Salamanca (patético discursillo presidencial). Un pequeño detalle por aclarar. El Presidente es responsable del contrato firmado con Manzana del Revellín en dos mil uno, es el responsable de la licencia de obra ilegal y es el responsable de las apelaciones absurdas para ganar tiempo. ¿Durante todo este tiempo no se percató de que la Manzana del Revellín era el emplazamiento ideal para el mercado, y por eso manejaba otras alternativas (por cierto igual de céntricas)? Cayó en la cuenta justo cuando se lo plantearon los interesados propietarios de la parcela, pundonorosos defensores del interés general (lo de los siete mil quinientos millones es una minucia insignificante) sólo equiparables a nuestro sufrido e incomprendido Presidente.
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