Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.

Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves.







El Dardo de los Jueves
Ceuta, 6 de septiembre de 2007
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Una terrible duda
Juan Luis Aróstegui

Nuestro Ayuntamiento, desde hace mucho tiempo, subvenciona muy generosamente a un club de fútbol profesional de Ceuta que participa en la tercera división nacional (llamada eufemísticamente segunda división b). En la actualidad, este gasto supera los doscientos millones de pesetas anuales. Obviamente, es una cantidad exagerada. Para avalar esta afirmación es suficiente con establecer algunas comparaciones con otras partidas presupuestarias de mayor contenido social y, en consecuencia, de un orden  prioritario superior. Citamos algunos ejemplos de programas dotados con cantidades inferiores a la que recibe el fútbol profesional: el epígrafe “Lucha contra Drogodependencia y adicciones” tienen asignados ciento doce millones; para “Acción Social” se contemplan ciento cuarenta y las “Ayudas al Estudio”, para todos los niveles, se quedan en ciento noventa y cinco millones. Pero incluso ciñéndonos al ámbito estrictamente deportivo, tampoco se entiende esta paradoja. Una Ciudad en la que no se puede practicar atletismo por falta de instalaciones, en la que no existe deporte escolar, que sólo dispone de una piscina pública (ahora cerrada, por cierto); en la que no se disputan competiciones locales de ninguna disciplina, excepto de fútbol, y así un largo etcétera, ¿se puede permitir el lujo de invertir en cada legislatura más de mil millones de pesetas en financiar el fútbol profesional?. Así se hace invariablemente suscitando una lógica controversia ¿Qué interés puede justificar tan aparente despropósito? El inicio de la competición liguera se antojaba como una buena oportunidad para intentar descifrar este enquistado enigma.

El argumento más utilizado para defender el disparatado dispendio es que “potencia la imagen de la Ciudad”. Esto se decía ya hace treinta años. Entonces era probable. Pero en plena era de las comunicaciones, en la que los aficionados al fútbol tienen acceso a las mejores ligas del mundo retransmitidas abundantemente por múltiples cadenas televisivas, ¿quién presta atención a la segunda división be? ¿Se puede decir, con un mínimo de rigor y seriedad, que compartir competición con Mazarrón, Baza, Talavera o Puertollano mejora la imagen de Ceuta? ¿Cómo valoramos los ceutíes la participación en la misma categoría de pueblos como Alcorcón, Santa Coloma de Gramanet o Irún? ¿Ha mejorado nuestra consideración hacia ellos por esta circunstancia? Apliquemos el razonamiento en dirección inversa. No parece que esta sea una explicación convincente.

Se podría argüir que es una forma de promocionar el deporte base. Para los jóvenes futbolistas autóctonos sería un estímulo llegar a jugar en segunda be, lo que redundaría en un fomento del deporte. Pero en el equipo caballa no jugó ningún ceutí. Todos los que disputaron el partido eran profesionales de procedencia diversa llegados a Ceuta exclusivamente contratados para esta actividad. Tampoco debe ser este es el motivo.

En alguna ocasión, el Presidente de la Ciudad, para repeler críticas ha aducido que el fútbol es un deporte de masas. La subvención estaría justificada, de este modo, porque son muchos los ceutíes que respaldan esta iniciativa. Pero lo cierto es que el estadio presentaba un panorama desolador. A pesar de que los medios de comunicación anunciaban unas excelentes expectativas, allí solo había unas setecientas personas desangeladamente desperdigadas por las gradas.  Poca masa para consumir tanto presupuesto. La razón debe estar en otro lugar.

Una última posibilidad es que la afición, aunque escuálida, albergara un profundo sentimiento hacia los colores. La pasión podría ser una semilla de futuro. Nada más lejos de la realidad. Absoluta frialdad. El campo era un cementerio. Media docena de adolescentes coreaban consignas tópicas copiadas de otras aficiones, entre risas y juegos, mientras sacudían con desgana una bandera, y el resto de espectadores guardaba silencio, como distraídos, esperando que el tiempo pasara. Quizá fuera un problema de idiosincrasia, es decir, los ceutíes somos callados e introvertidos. Pero tampoco, porque en el momento en que el transistor notificó el gol de un equipo muy relevante de primera división que jugaba a la misma hora, se oyó una explosión de júbilo en todo el campo producida por los mismos espectadores que veían fría e impasiblemente al equipo local. Eso sí les importaba.

Terrible duda. Militar en una categoría mediocre, contratando profesionales foráneos, para que un escaso número de personas que no sienten el menor apego por el equipo, vean un partido cada quince días ¿justifica que se detraigan de los presupuestos más de doscientos millones anuales que se podrían dedicar a fines sociales?

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