Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.

Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves.







El Dardo de los Jueves
Ceuta, 13 de septiembre de 2007
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Menores a la fuga
Juan Luis Aróstegui

Varios menores inmigrantes que se hallaban bajo la tutela del  Ayuntamiento se dieron a  la fuga mientras hacían una excursión educativa por la península. Un incidente de orden menor que encaja perfectamente en el orden natural de las cosas. Conociendo el perfil psicológico de estos jóvenes, moldeado por las terribles circunstancias vitales que les ha correspondido afrontar, es lógico pensar que algunos de ellos pretendan despejar su incierto futuro ensanchando sus horizontes por caminos más sugerentes. No olvidemos que la ley española al respecto, sensible a tiempo parcial, protege a los menores hasta los dieciocho años, pero los abandona a su suerte a partir de esa edad, convirtiéndolos en sujetos de desdichas hasta su regreso al infierno del que luchan por salir, con denuedo, desde que tienen uso de razón. Buscar la felicidad es un instinto humano del que nadie está exento y un derecho universal. Por ello la fuga de estos adolescentes adivinando un espacio de mayor bienestar y seguridad es tan natural como inevitable. Así hay que comprenderla y asumirla. Lo que sí es realmente extraño es que este hecho haya desencadenado una serie de reacciones políticas desproporcionadas tan absurdas como nocivas. Por una parte, el Gobierno de la Ciudad ha anunciado la suspensión de este tipo de actividades; y por otro lado, la oposición, representada en este caso por UDCE (e IU), ha pedido el cese del responsable del área. 

El Gobierno entre excusas torpes y balbuceos institucionales se ha mostrado acomplejado e inseguro procurando transmitir a la opinión pública una innecesaria imagen de firmeza que nadie le había solicitado. Gravísimo error. En primer lugar porque ha descalificado una política de menores cuya eficacia ha quedado avalada sobradamente por una extensa experiencia e implícitamente ha cuestionado la labor de los profesionales cometiendo un agravio gratuito. Y en segundo lugar, porque supone una tremenda injusticia, ya que castiga a terceros por una falta cometida por otras personas. Es como si el Gobierno de la Nación decidiera suspender el tráfico rodado por carretera para evitar que se produzcan más accidentes. Un dislate impropio de un Gobierno al que cabe exigirle mesura, serenidad y capacidad reflexiva para evaluar los acontecimientos con rigor.

No ha sido mas afortunada la actuación de la oposición, imputando unas inexistentes responsabilidades políticas. Resulta más incomprensible todavía viniendo de un grupo político que se define así mismo como progresista. La labor de oposición no consiste en organizar una cacería sistemática contra el Gobierno, intentando aprovechar cualquier  oportunidad para dañar su imagen con o sin razón. La oposición, para ser útil y creíble, debe ser dura, intransigente, exhaustiva, atosigante si es menester; pero ante todo debe adecuarse a la realidad percibida por los ciudadanos, ceñirse a los fundamentos ideológicos de quien la ejerce y defender de manera inequívoca los intereses generales; y ello pasa también por aceptar y apoyar las cosas bien hechas, como es el caso en relación con la política de menores. “Todo lo desmesurado deviene en insignificante”. Es una máxima que esta oposición bienintencionada, pero aún inmadura, debería tomar en consideración

Lo que no debe ocurrir bajo ningún concepto es que este suceso, que a penas alcanza la categoría de anécdota, a fuerza de magnificarlo sirva para nutrir el argumentario de los fundamentalistas de la “mano dura”, y exijan al Gobierno una vuelta a las cavernas, reviviendo indeseables experiencias ya felizmente superadas. Nuestra ciudad ha mejorado sustancialmente su forma de concebir este fenómeno social. Ya hemos aprendido que el mejor modo de tratar a un colectivo de personas tan vulnerables que llevan el sufrimiento incrustado hasta el tuétano,  no es la represión, el desprecio y la humillación; sino el respeto, el cariño y el afecto como elementos imprescindibles de un proceso formativo integrador. Lo que es cierto es que todo es perfectible. La política de menores también. Quizá si hubiéramos ampliado y mejorado las expectativas y oportunidades para estos jóvenes en nuestra propia ciudad, no habrían sucumbido a la tentación de la fuga.

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