Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.

Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves.







El Dardo de los Jueves
Ceuta, 12 de julio de 2007
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Las dos caras de la crisis
Juan Luis Aróstegui

El Delegado del Gobierno se ha pronunciado públicamente descalificando el diagnóstico formulado por sindicatos y empresarios en relación con la situación económica de la Ciudad. Según el PSOE, los lamentos de los agentes sociales no están justificados. La economía de Ceuta no se encuentra en crisis. Así lo certifican los datos recientes sobre crecimiento y empleo. La autoridad competente ha decretado el estado de bonanza del sistema económico local. Estamos de enhorabuena.

La afirmación del lenguaraz y desafiante Delegado, por si misma, ya produce un efecto asaz positivo. Las administraciones públicas quedan automáticamente exoneradas de la ingrata tarea de idear y aplicar medidas de reactivación económica; y así sus responsables, liberados de tan molesta presión, se pueden dedicar con tranquilidad a posar incesantemente exhibiendo sus dotes de afanados gobernantes.

Lo peor es que ésta no es una opinión aislada. El Delegado del Gobierno, que no siente ningún respeto por la agrupación local del PSOE a la que ya considera un cadáver político irrecuperable, dice lo que se le antoja sin el menor pudor y sin medir el devastador impacto de sus palabras . Pero el Gobierno de la Ciudad, taimado y sibilino en grado superlativo, actúa desde esta misma concepción, aunque lo hace con sumo cuidado para no transmitir a la opinión la idea de que han renunciado definitivamente a otra cosa que no sea administrar las subvenciones.  Muchos ceutíes avalan y secundan esta posición (sobre todo electoralmente), frente a quienes venimos manteniendo, desde hace tiempo, la necesidad de articular un nuevo modelo económico acorde con la realidad presente y futura de Ceuta. Estamos ante una aparente controversia. ¿Quién lleva razón?  ¿No existen parámetros objetivos para definir una crisis económica? Evidentemente sí. Lo que ocurre es que las discrepancias no están en las conclusiones sino en el punto de partida. En función del modelo de Ciudad que se propugna se valora la idoneidad del sistema económico y su calidad. Ahí radica la diferencia.

Para los profesionales del optimismo furibundo, que sólo aspiran a que su efímera existencia transcurra sin excesivas  turbulencias, la situación actual es perfectamente asumible. La economía de la Ciudad está sostenida artificialmente por los presupuestos del estado. La mayoría de los ciudadanos, entre los que se encuentran los sectores más influyentes de la sociedad, ocupan los puestos de trabajo de la administración pública, muy bien remunerados y que proporcionan excelentes niveles de vida. Un limitado sector de servicios, reconvertido y reordenado anárquicamente por las propias leyes del mercado (con notable influencia de le economía pública y la relación con Marruecos), proporciona empleo modesto y precario a los tramos intermedios de renta.  Por último, la legión de desheredados, debe conformarse con la riqueza residual que genera la economía sumergida en sus diversas modalidades, apoyándose para subsistir en el incremento automático de poder adquisitivo que implica consumir en Marruecos. Es un modelo de Ciudad dual en el que una parte de la población disfruta de magnificas condiciones vida (lujosos vehículos, servicio doméstico, segunda vivienda en la península, etc); y otros quedan condenados indefinidamente al paro, la marginación o la pobreza y, en el mejor de los casos, a recibir algún tipo de ayuda social transitoria. La clave del éxito reside en que los desfavorecidos no adquieran, bajo ningún concepto, conciencia de su condición y la acepten como un mal menor. Para este modelo de Ciudad, cuyo principal valedor es el PP, el sistema económico actual es suficiente. Los presupuestos del estado (abundantes, quizá para sofocar los remordimientos que sufren PP y PSOE por su política abandonista)  alcanzan para mantener el elevado nivel de renta de los empleados públicos que controlan todos los circuitos sociales. No hay crisis. Los pobres y parados son sujetos políticamente invisibles.

Pero este falso estado de placidez, contumazmente escenificado por los poderes públicos, esconde una situación de extrema vulnerabilidad. En primer lugar porque consolida un modelo económico de tipo colonial que puede servir de argumento solvente a favor de las tesis anexionistas de Marruecos en un futuro aún difícil de prever, pero inexorable; y en segundo lugar, porque las tensiones que genera esta manifiesta desigualdad social, hoy larvadas, pueden terminar provocando un estallido de imprevisibles consecuencias, entre las que no es descartable un éxodo masivo como fatal principio del fin.

Por ello, otra corriente de pensamiento que existe en la Ciudad (aunque muy minoritaria), distinta y distante de la anterior, defiende un modelo de Ciudad alternativo. Una Ceuta con proyección de futuro, digna y autosuficiente, capaz de crear riqueza y empleo para aproximarnos a los niveles medios de nuestro país sin depender de manera exclusiva y abusiva de las transfusiones públicas. Una ciudad que ordene de manera adecuada sus flujos y reflujos con Marruecos desde el máximo respeto a los derechos individuales de todos los ciudadanos, pero inflexible en la defensa a ultranza de los intereses de Ceuta y, por supuesto, de nuestra españolidad. Una ciudad urdida desde los irrenunciables valores de la igualdad, la justicia social, la cohesión y la complicidad sentimental de todos sus integrantes. Una ciudad que recupere el significado de la solidaridad, entendida como la capacidad de sufrir por los demás, asumiendo que la felicidad sólo puede ser auténtica desde su dimensión colectiva. Para soportar este modelo de ciudad, el sistema económico de Ceuta es inservible por obsoleto, improductivo e ineficiente. Esta absolutamente en crisis.

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