Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.

Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves.







El Dardo de los Jueves
Ceuta, 26 de julio de 2007
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La piscina
Juan Luis Aróstegui

El uso indebido, abusivo o erróneo de las palabras termina devaluando o pervirtiendo su significado. Es una forma de tergiversación en sí misma. El manoseo que sufre el vocablo “solidaridad” es un claro ejemplo de este proceso de degeneración del lenguaje. Una palabra hermosa, que expresa quizá la condición más noble del ser humano, y que sin embargo, en la sociedad actual se ha convertido en una especie de recurrente comodín, vacío por completo de contenido, que ha invadido torpemente todos los ámbitos de la vida pública. Se atribuye la condición de solidario a todo el que hace, o dice, cualquier nimiedad. La solidaridad auténtica no se puede inscribir en una acción o momento concreto; sino que supone un compromiso moral intemporal y universal que determina disciplinadas pautas de comportamiento de carácter general. No se puede ser solidario a tiempo parcial ni para materia específica. Esa es una gran falacia que utilizan los oportunistas, profesionales del filibusterismo, para revestir de honradez intelectual lo que no son más que actitudes egoístas e interesadas. De esta manera es muy frecuente que los discursos oficiales estén trufados de constantes apelaciones a la solidaridad. Está de moda y aporta prestigio. Aunque los hechos no se compadezcan en absoluto con las palabras. Así sucede con la política que desarrolla el Gobierno de la Ciudad, tan ampliamente respaldado por los ceutíes.

Una acción de gobierno inspirada en la solidaridad debe establecer como una prioridad innegociable la protección de los individuos más vulnerables de la comunidad. La autoestima colectiva, estrechamente vinculada al sentimiento de generosidad, se mide en función de la capacidad de integrar a los más necesitados. Por ello, el modo en que se atiende a los hombres y mujeres discapacitados se convierte en un termómetro inequívoco de la salud moral del sistema.  Aquellas personas que encuentran  más dificultades para desarrollar una vida plenamente satisfactoria, por sus mermadas condiciones físicas o psíquicas, requieren más comprensión, más cariño, más apoyo y más dedicación por parte de los demás. Su felicidad es, de algún modo, responsabilidad de todos. En consecuencia, la institución que nos representa, y que gestiona los fondos públicos,  tiene la obligación de cumplir con la mayor eficacia posible este mandato ético. El Gobierno de la Ciudad se encuentra en las antípodas. Y nos hace sentir vergüenza ajena.

Deberíamos interesarnos más a menudo por múltiples realidades muy próximas y que, sin embargo, nos pasan desapercibidas. La convivencia es interrelación sin exclusión. Implicación activa. Permanente aprendizaje compartido.

FEAPS es una asociación que presta servicios a ciento veinte discapacitados. Sus instalaciones están ubicadas en la Barriada Juan Carlos I. Presentan un estado deplorable. La furgoneta que traslada a los usuarios tiene dieciocho años de antigüedad, a penas frena, y no pasa la ITV. El equipamiento, en gran parte, procede de mobiliario y enseres de segunda mano desechado por otras entidades. El Ayuntamiento subvenciona  a la asociación con una cantidad que apenas alcanza para pagar una plantilla notoriamente insuficiente. Carece de ATS, e incluso de cocinero, a pesar de tener comedor. De vez en cuando, cuando toca, les envían temporalmente algún personal de los planes de empleo que rota cuando conoce el centro. Los trabajadores despliegan una inmensa y abnegada labor, multiplicándose como pueden para hacer frente a esta incontenible marea de omnímoda precariedad. Es un tétrico regreso a las instituciones del siglo diecinueve  tan brillantemente descritas por Charles Dickens. Hace pocos días han estrenado una piscina. Un acontecimiento. Exprimiendo el exiguo presupuesto han adquirido una piscina doméstica, de esas que anuncia la tele tienda, de cuatro metros escasos. Un plástico sujeto con endebles tablas y una ligera estructura de acero. Una empleada, con gran esfuerzo, ayudaba a una mujer voluminosa a subir por la pequeña e insegura escalerilla que daba acceso al interior, con una enorme dificultad, y un evidente riesgo de caída. La expresión de gozo de los que ya chapoteaban en el agua, levemente turbia, despertaba  intensas emociones. ¡Qué poco hizo falta para hacerlos disfrutar! ¿Por qué se les niega a estos ciudadanos el derecho a disfrutar de unos servicios modernos y adecuados, que se lograrían con una módica inversión? Acaso porque el olvido los ha hecho invisibles.

De vuelta al ofensivo contraste. El multimillonario Ayuntamiento de Ceuta, que escatima con insultante mezquindad la subvención para atender dignamente a los discapacitados, se afana en despilfarrar el dinero público financiando el lujo y boato desmedido de políticos mediocres; invirtiendo impúdicas cantidades en pagar favores;  favoreciendo los  intereses particulares de familias ricas y acomodadas. Resulta muy sencillo, sin mover un músculo de la cara, y con aire de solemnidad, hablar de solidaridad protegido por el impenetrable cinturón mediático que todo lo oculta. Sólo se puede sentir vergüenza ajena.

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