Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.

Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves.







El Dardo de los Jueves
Ceuta, 19 de julio de 2007
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La felicidad de los idiotas
Juan Luis Aróstegui

La Reunión de Alto Nivel celebrada entre España y Marruecos para tratar el asunto de los menores no acompañados, de la que fue excluida alevosamente nuestra Ciudad, ha vuelto a mostrar en toda su plenitud la humillación contumaz y permanente a la que está sometido el pueblo de Ceuta. PSOE y PP, conniventes, cómplices diabólicos, han terminado por aceptar la superioridad moral y política de Marruecos en relación con el contencioso que mantiene sobre Ceuta y Melilla; de tal suerte que, en toda tesitura, se impone el criterio del régimen de Mohamed VI, cuyo objetivo es visualizar con la mayor nitidez posible que Ceuta y Melilla no forman parte de España. La consecuencia directa es que Ceuta y Melilla siempre aparecen preteridas, postergadas o ignoradas. Esta amarga verdad se recubre habitualmente de excusas, coartadas  o argumentos falaces para  evitar el reconocimiento de un oprobio insoportable sin perder la dignidad. A eso se han dedicado quienes están vendiendo su tierra por un miserable sorbo de  gloria personal.

En estas denominadas RAN participan gobiernos autonómicos desde que el Presidente Zapatero decidió, con acierto, implicar a las Comunidades Autónomas en la discusión de aquellos asuntos de política internacional en los que éstas  tuvieran un interés cierto y legítimo. De la aplicación estricta y coherente de este postulado no se puede deducir que la presencia de Ceuta y Melilla sea obligatoria. La crítica del PP es tan injusta como hipócrita. Porque Ceuta no es una Comunidad Autónoma, sino un ayuntamiento con estrambote que carece de las facultades y competencias que asisten a las comunidades autónomas, precisamente por la voluntad del propio PP. Este partido, en su dialéctica de cinismo institucional que tan buenos resultados electorales le reporta, niega a Ceuta el derecho a ser Comunidad Autónoma (para no enfrentarse con Marruecos); pero acepta que Ceuta esté presente en todos los eventos “como si fuera una Comunidad Autónoma más”. El éxito de su fórmula se basa en una idea muy sencilla: “a los ignorantes colonos, dirigidos por políticos provincianos que se conforman con fotografiarse junto a las grandes personalidades del país, es fácil engañarlos aparentando ser lo que no son”. El PSOE por su parte, con menos necesidad de disimular porque su débil posición electoral en Ceuta le permite ser mucho más sincero, sólo equipara a Ceuta con una Comunidad Autónoma cuando le interesa (por ejemplo, en el Consejo Sectorial de Educación no participa Ceuta porque no quiere sumar dos voces más contra la reforma del sistema educativo). Tiene su lógica. Por lo tanto, tendremos que convenir que el agravio no radica en que el PSOE defienda sus intereses partidistas como mejor estime conveniente, sino en que Ceuta carezca de los derechos políticos que disfrutan el resto de españoles.

Pero el caso que nos ocupa no es sólo una diatriba más sobre la rocambolesca casuística que genera un Estatuto que no está contemplado en la Constitución. Las connotaciones especiales que lo adornan le confieren otra naturaleza de mayor trascendencia. Evidentemente al PSOE poco o nada le hubiera importado la presencia de Ceuta y Melilla en la cumbre. Es más, a buen seguro que le hubiera parecido razonable. Lo que ocurre es que el Gobierno de España ha tenido que prescindir de Ceuta y Melilla ante la amenaza de Marruecos de suspender la reunión. Como siempre, Marruecos gana y Ceuta pierde. Para justificar esta decisión, sin admitir públicamente la humillación, han recurrido a una serie de razonamientos aritméticos tan infantiles que a cualquier persona que conserve un mínimo de decencia le deben producir arcadas intelectuales.

Lo más triste de este lacerante episodio es la resignación de los ceutíes expresada fielmente por la actitud del Gobierno de la Ciudad que se ha convertido en perfecto paradigma de la indignidad. El capítulo de reacciones añade un escarnio autoinfligido a la humillación ya de por sí insufrible. El Consejero de Presidencia dice  que se ha quejado por fax, y nuestro Presidente, en un arranque de furia y valentía sin precedentes, ha dicho a los periodistas locales que el Gobierno ha sido “desconsiderado”. La ridiculez en estado puro. Ni una sola iniciativa política para combatir la ofensa. La ciudadanía ceutí, exhausta, ya no tiene fe en sus posibilidades. Agacha la cabeza y calla. Cuando se asume la humillación con tanta naturalidad se ha tocado fondo. Hemos entregado la dignidad para instalarnos en el estado de felicidad de los idiotas. Prohibido pensar. “Ceuta está muy bonita”.

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