Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.
Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves. |
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El Dardo de los Jueves
Ceuta, 12 de abril de 2007
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Pelo en el pecho
Juan Luis Aróstegui
Corren malos tiempos para la política. Al menos para la política concebida desde su sentido más noble como la vocación del ser humano de transformación permanente de la sociedad en la búsqueda, siempre insatisfecha, de la felicidad colectiva. El poder debería ser el medio por excelencia para impulsar los cambios sociales. Pero se ha terminado por convertir en un fin en si mismo. Los partidos políticos mayoritarios luchan por el poder sin más aspiración que detentarlo. Se han olvidado de su auténtico significado refrendando con su inmovilismo que las actuales leyes sociales son inmutables. La propaganda debiera ser un instrumento de difusión de ideas entre el cuerpo social, para promover la reflexión y el debate. Sin embargo, la extraordinaria fuerza que han ido adquiriendo los medios de comunicación y el uso bastardo que de estos han hecho los partidos políticos, la han desnaturalizando hasta hacer de ella un arma de persuasión, independientemente de la veracidad o solvencia de los argumentos. Poder y propaganda se han constituido en un potente y perverso binomio que mantiene secuestrada la democracia. Los ciudadanos sólo conocen aquello que los medios de comunicación transmiten, y estos solo transmiten aquello que interesa a sus partidos vinculados, con la única intención de mantenerse o conquistar en el poder. La consecuencia más directa y nefasta de esta anomalía con la que nos hemos acostumbrado a convivir es que en la mayoría de las ocasiones, y en especial en los asuntos de mayor trascendencia, la propaganda sustituye a la acción, provocando un efecto desmovilizador que actúa en dirección contraria a la supuestamente pretendida. Algunos ejemplos recientes ilustran esta afirmación. Cuando el PP aprobó su ley de enseñanza decidió llamarla “de calidad”. Consiguió que fuera conocida por este sugerente nombre. De este modo daba la impresión de que la aprobación de la ley, por sí misma, era capaz de resolver los problemas del sistema educativo. Evidentemente, era una colosal falacia. Pero al PP poco o nada le importaba la mejora del sistema educativo, lo que realmente le preocupaba es que los votantes lo “creyeran”. Y para ello (para la propaganda), el título era perfecto. El PSOE ha seguido exactamente la misma pauta con la aprobación de una Ley que, según ellos, va a lograr la “igualdad efectiva entre el hombre y la mujer”. Tras la aprobación del nuevo texto legal y las consiguientes fotos del Presidente del Gobierno rodeado y vitoreado por mujeres, se han sucedido tantas y tan desmesuradas muestras de regocijo plagadas de pronunciamientos grandilocuentes, que si fueran verdad podríamos asegurar que un problema de tal magnitud, ha quedado definitivamente resuelto gracias a esta iniciativa. Resulta patético, e incluso cómico, si no fuera por la tragedia que se esconde tras este frívolo revuelo de falso feminismo. La discriminación que sufre la mujer en la sociedad sarcásticamente llamada moderna es un insulto a la inteligencia colectiva de la humanidad. Es incomprensible que aún no hayamos podido abolir la esclavitud psicológica que sustenta una relación de dominación machista, que se perpetúa, cuando no se acentúa, para vergüenza del género humano. Es cierto que se han producido avances importantes en la lucha por la igualdad de la mujer. Pero se limitan a los aspectos estrictamente formales y materiales, o se reducen a conquistas sectoriales o elitistas. No se debe infravalorar el esfuerzo de miles de hombre y mujeres comprometidos con esta batalla. Por ello, cada movimiento en la dirección correcta, por modesto que pueda parecer, incluida la nueva ley impulsada por el PSOE, debe ser recibido con un efusivo saludo. Pero precisamente por este motivo, es improcedente, por contraproducente, propagar un exagerado optimismo inductor de un conformismo claudicante. No podemos distraernos con los señuelos visibles. Tras el escaparate mediático, intencionadamente deslumbrante e interesadamente obnubilante, existe un inmenso y sórdido submundo de millones de mujeres condenadas sin remisión a sufrir la opresión de la brutal dictadura machista. Porque el machismo no esta en las leyes. Está incrustado en el subconsciente de nuestra sociedad. Se regenera con la precisión de las leyes naturales en el entorno familiar, y se expande irrefrenable a todos los ámbitos de la convivencia. Es un problema fundamentalmente educacional, y sin embargo nunca se ha abordado desde esta perspectiva con la seriedad, profundidad y extensión requeridas. Produce auténtico pavor y estupor oír la opinión de los actuales adolescentes de ambos sexos, sobre la tolerancia hacia la violencia de género, sobre el papel residual de la mujer en el modelo familiar, o sobre la preponderancia masculina en las relaciones de pareja. Una anécdota, con el valor de testimonio, nos aproxima a la dimensión del fenómeno. La misma semana en que se aprobó la Ley de Igualdad “efectiva”, el Delegado del Gobierno en nuestra Ciudad, dirigiéndose al plenario del Congreso del Sindicato Unificado de Policía, y con la intención de apelar a la madurez de sus miembros, dijo: “vosotros ya tenéis pelo en el pecho…” De repente todas las mujeres policía, que las había, desparecieron; o se las calificó de inmaduras sin remedio, o se las conminó a iniciar un tratamiento hormonal intensivo para superar su inmadurez. Se trataba de todo un Delegado del Gobierno, al que se le supone formación y coherencia ideológica, en un discurso oficial y en un acto público ante los medios de comunicación. Imaginemos por un momento lo que ocurre entre los muros de la privacidad de nuestra sociedad, siempre silenciosos, en los que el machismo impune fluye como un torrente de ignominia que destruye la dignidad de la mujer.
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