Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.
Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves. |
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El Dardo de los Jueves
Ceuta, 15 de marzo de 2007
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Cifras cargadas por el diablo
Juan Luis Aróstegui
El PP de Ceuta, que hasta ahora había declinado toda posibilidad de convocatoria de manifestación en la calle, la semana pasada abdicó de uno de sus principios y se concentró en el centro de la Ciudad para pedir que “no haya más cesiones a ETA”. La primera conclusión es que el PP mentía cuando aseveraba que su modo de entender la actividad política era incompatible con la agitación callejera. Cada vez que se ha planteado la necesidad de convocar a los ceutíes para expresar una protesta por cuestiones que afectaban muy gravemente a los intereses de Ceuta, el PP ha respondido negativamente apelando a sus principios. Al parecer, la defensa de Ceuta no es merecedora de manifestaciones, y sin embargo, la voracidad electoral del PP, sí. La intercambiabilidad entre principios e intereses es moralmente repugnante. La participación de los ciudadanos en la vida pública más allá del ejercicio del derecho al voto, es un elemento esencial de la democracia. La expresión pública y ordenada de apoyo o rechazo a las decisiones políticas, no solo no es perjudicial, sino que perfecciona el sistema. Es una práctica útil y necesaria que se debe prodigar, porque es un valioso cordón umbilical entre el pueblo y las instituciones representativas. Sin embargo, el PP no ha elegido la mejor ocasión para su estreno en estas lides. El significado político perseguido por la manifestación que ha delatado sus falsos principios es intrínsecamente perverso. Todos los ciudadanos españoles, sin distinción de credo ideológico, tienen la percepción y la convicción de que cualquier medida política que en la práctica suponga aliviar, siquiera someramente, la situación de un terrorista convertido por voluntad propia en símbolo del sanguinario desafío al que se encuentra sometida España desde hace décadas, es radicalmente injusta, inadmisible e insoportable. No caben argumentos, por sólidos que puedan parecer en términos teóricos o jurídicos, porque siempre quedarán muy alejados de los sentimientos de un pueblo hastiado hasta la extenuación por un sufrimiento prolongado cruelmente. El PSOE ha cometido un gravísimo e incomprensible error, que se inscribe en una política antiterrorista profundamente equivocada. Y fracasada. El Presidente del Gobierno puso en marcha una inextricable estrategia antiterrorista inspirada por la ingenuidad, la ignorancia y la imprudencia. Ingenua porque no comprende las claves psicológicas en las que se desenvuelve el universo terrorista. Ignorante porque no calibra hasta que punto este asunto eriza la piel a la sociedad española. Imprudente porque no ha sido capaz de entender que es imposible avanzar en este camino sin consenso con el PP. La conclusión es que estamos asistiendo a un perfecto desastre. Con el agravante de que no se vislumbra ninguna rectificación. En consecuencia, no sólo el PP, todos los demás partidos y ciudadanos estamos legitimados para criticar, con la dureza que sea menester, una política que no se ajusta a las expectativas de los españoles. ¿Dónde se produce la quiebra ética del PP? Este partido es consciente de que el fracaso del Gobierno en esta materia puede tener un elevado coste electoral para el PSOE. Han visto una inmejorable oportunidad de asestar un golpe definitivo al adversario, y la van a aprovechar con toda la fuerza de la que sean capaces (cinismos aparte, como haría cualquier otra formación política). Lo que ocurre es que el PP sabe que si presenta la política antiterrorista del PSOE como un error puede ser más disculpable y no producir el impacto deseado. Por ese motivo ha introducido un cambio cualitativo que ha transformado la naturaleza de su denuncia, situándolo en otra dimensión asaz reprobable. El PP transmite a la opinión que la política del Gobierno es una operación deliberada e intencionada de traición a la nación española materializada en pactos ocultos con los terroristas. Este planteamiento es tan irreal como injusto y peligroso. Desde un elemental sentido de la responsabilidad no se puede llevar al ánimo de los españoles que un partido que ostenta la mayoría parlamentaria es aliado consciente de los terroristas. Se puede opinar, probablemente con razón, que sus decisiones, por equivocadas, terminen en última instancia favoreciendo a los enemigos. Pero de ahí a presuponer intencionalidad, existe un abismo que el PP, cegado, furioso e iracundo, ha saltado sin reparar en los efectos de la caída. En esta interpretación de los hechos la ciudadanía no es tan receptiva. Y puede acabar siendo refractaria. La manifestación de Ceuta, por otra parte, se saldó con un palmario fiasco. A penas acudieron quinientas personas. Posteriormente, la máquina automática de inflar (que pagamos todos los contribuyentes) cifró la participación en el doble para no desgatar demasiado al dueño del pesebre. Pocos días antes, el Presidente del PP local había expresado su admiración por los tres mil militantes de su partido (se pasan el día presumiendo de sus datos de afiliación). Resulta que cinco de cada seis de esos militantes, tan comprometidos con el PP, no se dieron por aludidos. Sólo caben dos lecturas; o los propios militantes del PP no comparten lo que está haciendo su partido; o bien la afiliación del PP no es más que una relación de aspirantes a prebendas, privilegios, o puestos de trabajo emanados del poder. Y es que, a veces, las cifras las carga el diablo.
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