Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.
Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves. |
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El Dardo de los Jueves
Ceuta, 21 de diciembre de 2006
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Terrorismo Islámico
Juan Luis Aróstegui
La expresión “terrorismo islámico” se ha convertido en inseparable acompañante del nombre de Ceuta en todos los medios de comunicación de ámbito nacional. A la vista de cómo se están desarrollando los acontecimientos, tendremos que acostumbrarnos a convivir, también, con esta nueva maldición. Parafraseando el viejo refrán, parece que en Ceuta todo son pulgas. Los ciudadanos asisten aturdidos a un caudal incontenible de información espeluznante que no aciertan a calificar ni clasificar. La disociación entre nuestra vida cotidiana, razonablemente apacible, y la realidad convulsa que reflejan le medios, infunde mayor confusión. Los ceutíes no sabemos si estamos bajo un polvorín de dimensiones incalculables a punto de hacernos estallar por los aires; o si por el contrario, somos objeto de burdas maniobras instigadas por intereses bastardos. Las autoridades muestran un desconcertante grado de ignorancia (real o simulada) que dispara los interrogantes. Nadie explica con claridad lo que está sucediendo. Como consecuencia, la opinión pública, ávida de verdad, se ve impelida a sacar sus propias conclusiones, intentando conectar con la lógica un conjunto de datos dispersos y extraños. La insuficiencia de información genera legítima especulación. Según el relato oficial, tras veinte meses de investigación y vigilancia en una ciudad tan fácil de controlar por su reducido tamaño y hermético contorno, se desplazan más de trescientos policías para detener a once personas a las que se les interviene como arma más peligrosa una pistola de aire comprimido; y de los cuales cuatro ya están libres sin cargos. ¿Se necesitaban trescientos policías para practicar unas detenciones tan sencillas? ¿No tenían conocimiento de lo que podían esconder en los domicilios después de tantos meses de investigación? Lo que parece obvio es que la detención de estos once sospechosos por parte de efectivos de la Policía Nacional o la Guardia Civil de nuestra Ciudad, no habría levantado tal revuelo. Se habría asumido como una operación policial de éxito en pro de la seguridad ciudadana sin necesidad de la parafernalia mediática complementaria. Todo ello nos lleva a pensar si la intención última se sitúa en la detención o en el espectáculo. No sabemos si nos protegen o nos utilizan. Hasta ahora, lo único absolutamente cierto, es que la imagen de Ceuta ha saltado hecha añicos. La rutilante noticia de la Operación Duna, ha desencadenado la consiguiente onda expansiva, en forma de noticias y reportajes escabrosos supuestamente relacionados, que abarcan desde el islamismo fanático enrolado subrepticiamente en los cuarteles, hasta las más variopintas versiones sobre la Barriada del Príncipe Alfonso. Morbo como ingrediente infalible. Estremece imaginar cómo puede interpretar la opinión pública española la visión que le están ofreciendo de Ceuta. Es un daño irreparable de indudables repercusiones futuras. La cuestión es de tal trascendencia y magnitud que no puede permanecer instalada en el dominio de la incertidumbre. El Gobierno de la Nación debe diagnosticar con rigor y exponer con rotundidad el alcance auténtico del terrorismo islámico en la Ciudad y obrar en coherencia. Porque la seguridad de todos es el objetivo político por excelencia y a él es preciso subordinar todos los demás incondicionalmente. Sin escatimar medios ni reparar en sus posibles efectos colaterales, por duros que estos fueran. Pero si estamos ante meras conjeturas alarmistas sin fiabilidad suficiente; los ceutíes tenemos derecho a exigir que no sirvamos de coartada para justificar actuaciones o propósitos innobles de nadie, a costa de machacar, aún más, nuestra ya deteriorada imagen.
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