Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.
Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves. |
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El Dardo de los Jueves
Ceuta, 27 de julio de 2006
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Premio enfrentamiento
Juan Luis Aróstegui
El Gobierno de la Ciudad ha decidido aplazar la entrega del Premio Convivencia. Estaba prevista para el mes junio; pero no se celebró. La excusa oficial, tan exageradamente inverosímil, se convirtió en otro insulto a la capacidad intelectual de la opinión ceutí. En esta ocasión nos invitan a creer que la dificultad de seleccionar al ganador, ante el amplio elenco de aspirantes, impide cumplir con el calendario establecido. Evidentemente es mentira. La realidad es que hasta el Presidente, consumado profeta del optimismo institucional, ha sentido vergüenza de escenificar públicamente la exaltación de la convivencia en estos momentos. La inconsistencia y frivolidad que envuelven y dominan los debates políticos de nuestra Ciudad, nos infunden una fugacidad idiosincrásica. No existe perspectiva ni profundidad de pensamiento. Los fenómenos sociales a penas permanecen en el ámbito del análisis y el debate mientras dura el impacto visual de sus consecuencias. A partir de ahí, se evaporan como si sus causas hubieran desaparecido por azar. Es una forma de legitimar la inhibición. Así está ocurriendo con la fractura social que se produjo a raíz del incidente de los carnavales y la consiguiente manifestación de desagravio convocada por los partidos musulmanes. Este hecho ha marcado un punto de inflexión en el devenir de nuestra Ciudad. Aunque de manera invisible, sus efectos se están gestando y concretando a un ritmo muy acelerado, ante una sorprendente pasividad general. La política de integración ha sufrido un brusco frenazo, y la radicalización está tomando cuerpo y supurando manifestaciones políticas y sociales con un peso específico cada vez más notorio en el desenvolvimiento de la vida ciudadana cotidiana. Estamos asistiendo a un inquietante cambio de mentalidad colectiva. Los enfrentamientos con la Policía Local o los atentados de la Barriada del Príncipe Alfonso, son sólo algunos síntomas todavía insignificantes de una dinámica mucho más compleja que se desarrolla en un mundo subyacente al que se tiene pánico a descender. Todo se despacha con una simpleza dialéctica que causa auténtica perplejidad. Lugares comunes irritantes a fuerza fútiles. El Presidente ha dicho, con mucha solemnidad, que está “preocupado”. Tampoco es verdad. O mejor dicho, ha empleado una expresión incorrecta. Es probable que esté disgustado, consternado, enojado o triste; pero en ningún caso preocupado, ya que la preocupación es un sentimiento activo, e implica no sólo el reconocimiento de una situación sino la predisposición para modificarla. Y la actitud del Presidente, víctima o rehén de los sectores más fanáticos, reaccionarios e intolerantes del PP, está siendo lamentablemente irresponsable. El inventario de acciones institucionales del Gobierno de la Ciudad para favorecer la convivencia está pavorosamente en blanco (mejor no recordar la inoportuna y esperpéntica entrega pública de una fuerte cantidad de dinero a cada una de las cuatro confesiones religiosas). Su actuación está siendo incluso contraproducente. Porque está cometiendo un error de bulto negando al líder de la oposición el carácter de representante del colectivo musulmán. Es perfectamente comprensible que esta circunstancia se perciba como algo perturbador e indeseable. Es preciso y urgente exterminar la identificación de los proyectos políticos con entidades étnicas; pero un deseo o una intención no se convierten en una realidad por su mera enunciación. Y el hecho cierto es que aquella manifestación, que el Gobierno de la Ciudad no supo o no quiso abortar, escenificó la unidad del colectivo musulmán en torno a un líder. Fue una grave equivocación; pero ya no se puede evitar. Es a partir de esta premisa, desde la que hay que construir una estrategia inteligente. Porque negar la evidencia nos sitúa en el delirio. El Presidente de la Ciudad, en el ejercicio de su liderazgo político, tiene que comprender que la integración y la intolerancia son caminos opuestos que no se pueden recorrer simultáneamente. No es compatible el discursillo oficial, políticamente correcto, llamando a unidad de todos los ceutíes, con la siembra de cizaña de manera insidiosa y sibilina a través de terceros. No se puede soplar y sorber a la vez. En este imposible doble juego radica una de las claves de esta delicada coyuntura. El Presidente se está dejando secuestrar por su particular manipulación informativa. Dicta su caprichosa verdad y la difunde a través de los medios de comunicación que controla férreamente. Al día siguiente se interpreta a sí mismo y queda plenamente satisfecho, sin reparar en que sólo se está mirando al espejo. Está recreando una Ceuta paralela. Paradojas del destino. Quien presume constantemente de talante abierto y defensor a ultranza de la convivencia, puede terminar siendo, por méritos propios, el más firme candidato a recibir el premio enfrentamiento.
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