Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.

Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves.







El Dardo de los Jueves
Ceuta, 22 de junio de 2006
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Fracaso algo más que escolar
Juan Luis Aróstegui

La sociedad ceutí ha perdido el nervio. Un síntoma inequívoco de la decadencia que embarga a nuestro pueblo es la interiorización de la resignación colectiva como la actitud vital dominante. Hechos y circunstancias que en cualquier comunidad hubieran desencadenado auténticas revueltas populares, en nuestra Ciudad son asumidos con una irritante naturalidad que provoca vergüenza ajena. Insensibilidad por antonomasia. Resulta exasperante constatar el escaso interés que suscitan entre la ciudadanía problemas sociales de enorme envergadura y trascendencia. Sólo entendible desde una concepción fatalista del futuro de Ceuta. En ocasiones se intuye que, de un modo inconsciente, los ceutíes hemos decidido aguardar con el mayor sosiego posible un desenlace inexorable ante el que nos sentimos impotentes. Nula capacidad de reacción. Podríamos reiterar el catálogo de agravios históricos que avalan esta afirmación: el paro, las navieras, la autonomía, la inseguridad ciudadana, la sanidad, la visita oficial del Jefe del Estado, etc. Están grabados en el ánimo de todos. Quizá, incluso, ya forman parte de nuestro ADN a fuerza de que el tiempo los haya enraizado en lo más profundo de los sentimientos intergeneracionales compartidos.

En los últimos tiempos se ha incorporado a este terrible inventario de lacras ancestrales, una que crece exponencialmente ante la acostumbrada indiferencia de la opinión pública y, evidentemente, de las instituciones que nos gobiernan. El fracaso escolar. Cifras estremecedoras escandalosamente inadvertidas. No se produce análisis ni debate alguno al respecto. No existe la menor iniciativa  destinada a frenar tan lacerante hemorragia. También nos hemos habituado. Se cierra otro curso escolar sin incidentes reseñables según el diagnóstico oficial. La administración educativa se ocupa eficientemente de la sordina. Nos ofrecen con sus comunicados y actos públicos de naturaleza marcadamente propagandista, una visión radicalmente falsa de la eficacia del sistema educativo.

El fracaso escolar, como todas las cuestiones que afectan a personas muy diversas y surgen de la propia condición humana,  no admite una relación causa efecto unívoca. Es un fenómeno muy complejo en el que intervienen múltiples componentes en proporciones e intensidades muy diferentes. Sin embargo, esta dificultad no exime de la obligación de abordar con rigor y valentía un proceso de reflexión sobre sus causas. Podemos empezar.

Una parte importante de este desmesurado fracaso escolar se concentra en el alumnado de origen musulmán. Los datos son incontestables. Además de factores de orden socioeconómico, científicamente correlacionados con el rendimiento escolar, la clave que explica este hecho es el desconocimiento del idioma español por parte de los discentes. Es una disfunción que se grava paulatinamente a un ritmo vertiginoso. En muchas zonas de Ceuta (cada vez más) ya sólo se habla el árabe. Muchos niños y niñas, en sus hogares, hablan árabe; entre sus amigos y amigas hablan árabe; en el barrio hablan árabe. Y de forma excepcional, y para ellos extraña, en el colegio (y sólo el profesorado) les hablan en español. Su manejo de nuestro idioma es muy rudimentario. Es imposible cumplir los objetivos de un proceso de aprendizaje sin dominar la lengua vehicular en la que se imparte la docencia. Los chavales afectados acumulan horas y horas de clase si comprender nada de lo que se les intenta enseñar. Duro suplicio para profesores y alumnos. La superación de las etapas educativas establecidas es pura ficción dictada por unas normas administrativas ajenas a la realidad pedagógica. Es una receta infalible para provocar frustración, socavar autoestimas y terminar por desplazar al sujeto del sistema educativo, previa fase de conflictividad escolar que perturba el funcionamiento de los centros y desespera a toda la comunidad educativa. Es causa de comportamientos agresivos, vector preferente de la exclusión social, y soberbio caldo de cultivo para reclutar individuos antisistema.

Esta situación es sobradamente  conocida por las administraciones que, a pesar de ello, se muestran absolutamente impasibles. Sienten vértigo. Pero lo cierto es que estamos estafando a una parte de los administrados. No están escolarizados en el término pedagógico de la expresión, aunque sí en su acepción administrativa. Efectivamente, disponen de una matrícula oficial y de un puesto escolar, aunque se les impartan clases que no entienden.

La solución a este problema no es sencilla. Según un principio pedagógico indiscutible, el aprendizaje en la lengua materna reduce drásticamente el riesgo de fracaso escolar. Por ello algunos pedagogos se han pronunciado, en privado, defendiendo que el único remedio eficaz para paliar el fracaso escolar en estos sectores de la población es impartir las clases en su lengua materna. Sin embargo, la aceptación de esta propuesta en Ceuta presenta obstáculos  de orden político insalvables. El árabe no es una lengua española y en consecuencia, es imposible impartir enseñanza oficial en una lengua extranjera. Por otro lado, el impacto psicológico que produciría entre la población la práctica de este corolario es inasumible. Existe la creencia generalizada de que el día que se imparta clase en árabe en las escuelas, habrá que hacer las maletas. Descartada  esta solución por inviable, también habrá que convenir que este hecho no puede justificar que se prive a una parte de la población de su derecho constitucional (efectivo) a la educación. 

En esta tesitura, lo razonable es buscar alternativas que, partiendo del más escrupuloso respeto a los derechos individuales, los compatibilicen con los intereses generales y se ajusten perfectamente a las señas de identidad de nuestra Ciudad. A modo de sugerencias para un inexistente debate, se pueden apuntar dos posibilidades. Una de ellas consiste en la modificación de los planes de estudio para ampliar e  intensificar la enseñanza del español en los tramos educativos más tempranos. Otra, complementar la atención a estos alumnos en los primeros años de su vida académica, con otros recursos humanos especializados que les permitan comprender adecuadamente los mensajes recibidos. Pero… ¿Dónde discutir todo esto? Ceuta es el único territorio que no tiene Consejo Escolar. El Gobierno de la Ciudad se inhibe alegando que no tiene competencias. El MEC se encuentra tan distante física y políticamente que a penas le llega un eco remoto imperceptible. Es imposible hilvanar la más mínima disquisición. Así que comenzaremos el próximo curso bajo el signo de la normalidad. Como siempre. Nuestras autoridades protagonizarán la apertura oficial elegantemente ataviados, contándonos las excelencias de una política progresista que habla de una igualdad que en realidad sólo existe como entelequia en sus mentes remordidas por la renuncia a sus ideales. Los profesores seguirán sumando desánimo y el fracaso escolar se seguirá extendiendo, consumando una estafa que la sociedad contemplara con su habitual laxitud.

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