Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.

Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves.







El Dardo de los Jueves
Ceuta, 9 de marzo de 2006
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Enfermos de racismo
Juan Luis Aróstegui

La oprobiosa canción racista interpretada por un grupo de Carnaval en un concurso institucional organizado por el Ayuntamiento y retransmitido por una televisión pública, ha convulsionado a la opinión local y nacional, haciendo cimbrear simultáneamente los débiles cimientos sobre los que descansa la convivencia en nuestra Ciudad. Los hechos y reacciones consecuentes, por su repercusión social, deben ser objeto de análisis y reflexión. Serena y constructiva, aunque sincera.

Uno. El racismo es una patología del alma. Los racistas son enfermos que tienen el alma podrida por el odio. Un racista es, por naturaleza, un individuo mutilado por una maldad corrosiva que lo acompleja y envilece. Frente al racismo no cabe la comprensión. Ni la tolerancia. Ni la justificación. Todos los hombres y mujeres que se sientan limpios de corazón, tienen la obligación de combatir el racismo de un modo intransigente. Aquellos que se declaran “no racistas”, y a continuación añaden un “pero…”, cometen un gravísimo error. Porque por ese mínimo resquicio supuran brotes de tolerancia que alientan y fortalecen a los desalmados. Extirpar el racismo de nuestra sociedad es un compromiso colectivo que se fundamenta en los principios y valores democráticos que todos decimos compartir. Aislar a los racistas hasta hacerlos sentir vergüenza de su propia indignidad es un deber moral ineludible.

Dos. El mayor exponente del racismo es el genocidio. Es llevar el odio por el diferente hasta el extremo de desearle o producirle la muerte. Es lo que hizo Hitler. El exterminio nazi ha conmovido a la humanidad durante generaciones, quedando como símbolo histórico del horror.

Tres. La letra de la infame copla de Carnaval es una exaltación del genocidio. De ella se desprende que el genocidio no es negativo en sí mismo, sino que dependiendo de quienes sean las víctimas puede considerarse una práctica deseable. Atroz. Resulta incomprensible que alguien de manera consciente pueda hacer un pronunciamiento semejante. Es muy probable que la limitación intelectual de sus autores les haya impedido calibrar el auténtico significado de su alocución.

Cuatro. Es repugnante la pretensión de erigirse en valientes portavoces del pueblo capaces de “decir lo que todos pensamos y nadie se atreve a decir”. Es un insulto inadmisible a la sociedad ceutí. La valentía es una actitud noble, reservada para causas justas, que no se puede confundir con una indecente agitación del odio. Los enfermos de odio sólo se representan a sí mismos en su lucha irracional contra la grandeza del ser humano. En Ceuta, afortunadamente, conviven muchísimas personas radicalmente alejadas de estos comportamientos patológicos.

Cinco. Es inaceptable el intento de encuadrar el conflicto en el ámbito de la libertad de expresión. Ninguna actividad, privada o pública, puede estar por encima o al margen de los principios y valores esenciales en los que se inspira la convivencia. La apología del genocidio no se puede interpretar como una ofensa individual o colectiva, sino como un atentado al patrimonio moral de la comunidad en su conjunto, además de una flagrante vulneración de la legalidad vigente. No nos sentimos ofendidos, sino agredidos. La protección militante de los valores que nos han convertido en una sociedad moderna y civilizada, nos impulsa a repeler este tipo de agresiones con una contundencia y determinación acordes con la gravedad del daño infligido. No hay lugar para la tibieza

Seis. Es inmoral justificar estos hechos amparándose en el espacio de transgresión y permisividad en que se desenvuelve el Carnaval. Entre otras razones, porque es falso. Es cierto que la razón de ser del Carnaval se encuentra en la mofa, el escarnio y la caricatura de la realidad sin límite ni censura. Pero el Carnaval, no sólo no ha traicionado los valores esenciales de la convivencia, sino que ha sido siempre un fiel aliado comprometido con ellos hasta el tuétano. Las letras de Carnaval contra el terrorismo, los malos tratos, el tráfico de inmigrantes o el racismo, entre otras, son antológicas y han contribuido considerablemente a inculcar estos valores en la conciencia colectiva. ¿Alguien puede imaginar una Chirigota de Cádiz haciendo un alegato a favor del terrorismo de ETA o haciendo chistes de los abusos sexuales sufridos por los menores? Inconcebible. Quienes adoptan esta posición están desprestigiando injustamente al Carnaval. En Ceuta, el Carnaval no es ni una sombra de lo que fue. Exceptuando las fiestas infantiles, se ha reducido a su mínima expresión. Pero a pesar de ello, conserva una entidad muy digna y respetable. Es un movimiento formado, en su mayor parte, por personas de muy buenos sentimientos que luchan contra la nostalgia para mantener vivo un componente importante de nuestra cultura. Es admirable. Por eso precisamente son los hombres y mujeres que aman esta fiesta los más interesados en evitar que el Carnaval termine siendo un lúgubre recinto para desahogo de fanáticos racistas. El Carnaval es libertad. Pero la libertad de todos. No de unos contra otros.

Siete. La pasividad culpable del Gobierno de la Ciudad ha otorgado al asunto una dimensión política de la que hubiera carecido en otro caso. El Gobierno no ha sabido estar a la altura de las circunstancias. Como suele ser habitual, cuando se produce una situación complicada, se oculta o se inhibe, renunciando a ejercer el liderazgo social que su condición representativa le confiere. El Presidente no se zafa de su responsabilidad alegando que se trataba de una actividad privada. Porque no es verdad. La máxima autoridad de la Ciudad, en primera fila, no puede permanecer impasible aplaudiendo bobaliconamente a quienes promueven el odio y exaltan el racismo. Porque ese gesto sólo cabe interpretarlo como un apoyo institucional a estas actitudes. Sólo se podría esgrimir, como justificación, la falta de reflejos para haber abandonado de inmediato el auditorio escenificando su reprobación. Pero sus decisiones posteriores muestran que se comportó así deliberadamente. A pesar de la gravedad de los hechos, el Presidente de la Ciudad se ha limitado a una tímida crítica genérica sin rango oficial, cuando lo exigible es una condena formal del Consejo de Gobierno, un resarcimiento moral del daño causado y un compromiso expreso y fiscalizable de que estas prácticas han quedado erradicadas para el futuro. ¿Por qué no ha actuado así el Gobierno de la Ciudad? Porque el PP sabe que los racistas de Ceuta (muchos o pocos), que están encantados con la actuación de la chirigota, forman parte de su base electoral, y no ha querido defraudarlos. El PP se ha convertido en una religión en la que el voto es su única deidad. El Presidente de la Ciudad ganará las próximas elecciones sin duda. Posiblemente con mayoría absoluta holgada. Vivirán momentos felices él y su partido, satisfechos por el éxito y el reconocimiento público. Pero todo eso, computado  en términos históricos, es un leve suspiro. Sin embargo el error de dejar crecer la semilla del odio por no perder algunos votos, puede causar estragos irreversibles en el difícil proceso de construir la Ceuta del futuro, basada en una Convivencia real en la que compartamos anhelos, objetivos y proyectos entre todos, y de la que queden expulsados para siempre los racistas, los fanáticos y los intolerantes de todos signo.

Ocho. Es el momento de la calma. Aunque sea fuerte la tentación del oportunismo político, el sentido de la responsabilidad, y sobre todo el espíritu de generosidad, deben prevalecer. Estos acontecimientos se han convertido en un desafío para todos los dirigentes de esta Ciudad, sin excepción. Los partidos que representan al colectivo musulmán también han dado pasos en la dirección equivocada. Porque la lógica indignación que les asiste, no legitima todo tipo de reacciones; y aquellas decisiones que lejos de buscar la unidad en los valores democráticos, profundizan en la división, pueden ser enormemente perjudiciales en un proceso incipiente de consecuencias incontrolables e imprevisibles. Por eso es hora de reconocer errores, de corregir excesos y de dialogar para reconducir la situación. Debemos frenar en seco una espiral muy peligrosa que provoca inquietud, temor y desasosiego entre la población, y que nos deja sin referencias de futuro.

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