Juan Luis Aróstegui Ruiz es Licenciado en Económicas. Director del IES Puertas del Campo, Secretario General de la Unión Provincial de Comisiones Obreras en Ceuta (CCOO) y Fundador del Partido Socialista del Pueblo de Ceuta (PSPC) del que actualmente es Coordinador de Política Municipal. Fue concejal y diputado de la Asamblea de la Ciudad de Ceuta entre 1.987 y 1.999, ostentando el cargo de Concejal de Economía y Hacienda entre Octubre de 1.988 y Mayo de 1991 en el Gobierno de PSOE-PSPC-CDS.

Columnista semanal de "El Faro de Ceuta" desde el año 2.001, con una sección titulada "El Dardo de los Jueves", donde da su visión sobre temas políticos y socialres, de actualidad o con repercusión en nuestra Ciudad. En el año 2.002 publicó un libro "Ceuta, a corazón abierto", en el cual se mostraba una selección de esos escritos publicados cada Jueves.







El Dardo de los Jueves
Ceuta, 27 de octubre de 2005
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Los lamentos del comercio
Juan Luis Aróstegui

Lo que en su día fue un sector dinámico y pujante, capaz de sostener la estructura económica de la Ciudad, e imprimirle carácter y personalidad; ha devenido en una actividad residual que ha dejado de interesar. El comercio ya no tiene fuerza ni para protestar. Las reivindicaciones empresariales se han apagado. Y sólo, muy de vez en cuando, se oyen lamentos que suenan muy remotos, emitidos más por obligación que por convicción. Los análisis sobre las causas de esta situación son múltiples, reiterados y coincidentes. No es necesario insistir. Sin embargo, esta circunstancia no resta importancia a sus consecuencias. La incapacidad para encontrar actividades alternativas al comercio, convierte el ocaso de éste en un vertiginoso proceso de decrepitud en todos los órdenes de la vida de Ceuta, cada vez más dependiente de los presupuestos del estado, menos autosuficiente, más vulnerable, más irreconocible, más indefensa. Por ello, sería conveniente no firmar la rendición definitiva.

La actividad comercial está integrada por cuatro componentes. Las ventas a clientes peninsulares, a los procedentes de Marruecos, la exportación irregular, y la demanda de los ceutíes residentes. Desde hace mucho tiempo es una evidencia que el flujo de clientes peninsulares ha desaparecido irreversiblemente. Basta observar los polos de atracción comercial que jalonan toda la Costa del Sol o la Costa de Cádiz (como ejemplos más próximos), inaccesibles en amplitud y variedad de oferta, en precios y condiciones de pago, y en comodidad y atención al cliente; para comprender que es absurdo pretender que ciudadanos de aquellas latitudes se planteen venir a comprar a Ceuta. Vincular turismo peninsular y comercio es una ridiculez que sólo tiene cabida en el ámbito de la estafa política. La exportación irregular es una actividad en fase de extinción. A pesar de que aún genera un nivel de riqueza apreciable, el galopante desarrollo del norte de Marruecos, la hacen insostenible. Se deben aprovechar los últimos estertores, pero nada más. En este contexto, la única posibilidad cierta de recuperación del comercio se centra en el fortalecimiento de la demanda interna (a los efectos de este análisis se incluye en este capítulo el turismo marroquí). Este es un diagnóstico unánime. El objetivo prioritario de la reactivación del comercio a corto plazo se ha establecido en la "fidelización de la demanda interna". El fracaso no puede ser más estrepitoso. Las fugas de clientes hacia la península son cada vez más numerosas, y lo que es peor, cada vez más justificadas.

Esta constatación conduce a una reflexión marginal. ¿Qué sucede en esta Ciudad que ni siquiera en aquellas cuestiones compartidas somos capaces de avanzar un milímetro? Quizá la respuesta a esta inquietante pregunta esté en la lúcida sentencia formulada por Gustave Le Bon: "Las voluntades débiles se traducen en discursos; las fuertes, en actos". Si duda, Ceuta tiene una voluntad débil. Estamos saturados de discursos y ayunos de hechos.

En este caso concreto, no obstante, la responsabilidad es imputable, en una proporción muy elevada, a los empresarios del sector. Es cierto que la reactivación del comercio precisa de un conjunto de reformas estructurales (políticas y administrativas) imprescindibles para mejorar su competitividad, que no dependen de ellos. Pero incluso en esto se han equivocado. Confiaron ciegamente en el Partido Popular. Se volcaron en las elecciones apoyando al PP. Ahora, el Gobierno que ellos mismos potenciaron se ha desentendido del comercio local y de sus problemas, dejando a los empresarios abandonados a su suerte. Hasta reclamar se les convierte en un conflicto moral. Del Gobierno de la Nación mejor ni hablar. Ni está, ni se le espera.

En el ámbito estrictamente económico, el comportamiento de los empresarios está siendo absolutamente errático. Los empresarios ceutíes no están acostumbrados a competir. Aspiran a que las autoridades, la necesidad, o el puro azar, les llenen de clientes sus establecimientos. No saben atraer a los consumidores. Y en las circunstancias actuales, ésta es una deformación fatídica. Porque los competidores no dan tregua. El último movimiento de El Corte Inglés, suscribiendo un llamativo acuerdo con las navieras, es un ejemplo rotundo. El único modo de contrarrestar el creciente flujo de evasión de compras, propiciado por las enormes ventajas del comercio peninsular, es promover un cambio radical de la cultura empresarial. Potenciar la inversión a largo plazo para mejorar en cantidad y calidad la oferta, impulsar la cooperación para reducir costes y ampliar prestaciones, implantar técnicas y métodos modernos de venta y practicar una política de precios más racional. Y, por supuesto, exigir con firmeza a las administraciones públicas que cumplan con su cometido. Pero esto requiere sellar un compromiso colectivo que nadie parece estar dispuesto a asumir. Los empresarios, cada vez más desmoralizados, buscan una supervivencia individual sin entender que en un horizonte no muy lejano, esta actitud equivale a estar condenados a una desaparición irremisible.

Mientras esto sucede, los ceutíes se desplazan a comprar a la península y vuelven encantados. Los que consumen aquí, por vocación o por obligación, esperan y desesperan, pacientes y resignados, que les llegue el pedido (nunca hay existencias). Una vez aquí, siempre falta algo. O sobra. O está deteriorado. Y pagan por la mercancía un precio desorbitado. Los empresarios pretenden que los ceutíes consuman en Ceuta, apelando exclusivamente a razones sentimentales. Pero esta pretensión se sitúa completamente al margen de las más elementales reglas de la economía de mercado. Cada familia actúa intentando obtener la máxima rentabilidad de su presupuesto, y buscando el mayor grado de satisfacción posible. Si no se produce un cambio de mentalidad, tan urgente como drástico, nos quedaremos prendidos en el lamento estéril. Y el comercio, ¡ay!, seguirá muriendo.

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